jueves, 16 de mayo de 2013

Bolivia en la voz de Raúl Shaw Boutier

En aquella noche del páramo entrañable refulgía una voz singular. Surgía de un grupo de muchachos que hacían música en una placita en Oruro en 1941. Volviendo del cine, mi madre, mi hermano y yo nos detuvimos allá sin que el frío pudiera más que la fascinación. Escoltado por guitarras amigas, el tenor adolescente ofrecía todo un concierto de canciones populares que anunciaban el nacimiento del bolero. Su voz engalanaba con bello timbre a Muñequita linda, otorgaba insospechado vuelo a La Sandunga y hacía de Noches de ronda un himno personal y profundo para muchos.

Asombrada por la calidad del precoz cantante, mi madre –Betshabé Salmón viuda de Beltrán– quiso saber quién era él. “Raúl Shaw Boutier, señora”, fue la respuesta que le dio el quinceañero vivaz y lunarejo. Resultó ser hijo del profesor de taquigrafía de ella, don Roberto Shaw, descendiente de un inglés que estableciera en Oruro el primer servicio de tranvías a tracción animal.

Luego de felicitar a los chiquillos, mi madre los invitó a cantar en nuestro domicilio de la calle San Felipe en la siguiente semana. Cumplidos llegarían al chocolate vespertino Raúl y sus amigos, entre los que recuerdo a los guitarristas Ávila y Daviú. La cita se repitió con frecuencia para solaz nuestro y de los vecinos. Y así comenzó entre los Shaw y nosotros una amistad entrañable que ya sobrepasa la mitad de un siglo.

De la kermÉs a la radio

Poco después de aquel encuentro –empeñada en que las dotes de Raúl trascendieran los límites de la serenata callejera y la tenida privada– mi madre logró hacerlo incluir en el programa de una kermés de beneficencia que se realizó en el colegio Bolívar.

Ante la cálida acogida que obtuvo en ella, lo presentó más tarde al dueño y director de radio El Cóndor, su amigo Ramón Peláez. El éxito de Raúl en esa emisora lo puso de una vez en el corazón de todos los orureños y marcó el inicio de su carrera profesional. Pero ya un par de años antes, a la edad de 13, había obtenido su primer premio en un concurso para aficionados al canto que auspiciara el Teatro Municipal de Oruro. Docenas de galardones en numerosos países –numerosos “discos de oro” (otorgados a cantantes de cuyos discos se venden un millón de unidades), estatuillas y medallas– irían a jalonar en adelante su excepcional y larga trayectoria que prestigiaría a Bolivia en el exterior.

Las primeras salidas

Esa trayectoria internacional comenzó en Lima en 1946, cuando Raúl debutó en esa ciudad con el primer trío profesional que él fundara: Los Altiplánicos. En esa ocasión logró hacer allá amistad con quien había sido hasta poco antes famoso actor de cine en México y a la sazón se había convertido, en un convento peruano, en Fray José Francisco de Guadalupe Mojica.

No recuerdo a partir de qué año Raúl pasó a residir en La Paz pero sí recuerdo que, como a principios de los 50, se destacó aquí con su segundo conjunto profesional, el Panamérica-Antawara, integrado por los hermanos Valdez y Edwin Lutz. Artista versátil como era, brillaba también en el cultivo de nuestro folklore. Y fue con este conjunto con el que comenzó a llevar en firme la voz de Bolivia en el exterior, sin perjuicio de conservar como solista su adicción a la música melódica.

Despuntó, además, como compositor de música nacional. La llamerada Pollerita, la diablada Diablito Lucifer, el taquirari Borrachito ladrón y la chapaqueada Noche chapaca están entre las melodías que Shaw compuso entonces y ha dejado hondamente grabadas en el cancionero popular boliviano.

“¡Los Panchos se lo llevan!”

Todo ello le dio amplia notoriedad en el país, pero sólo modesta resonancia en el exterior en un principio. Sin embargo, no estaba lejana la hora de su consagración internacional.

Me acuerdo de la emoción con que vino a contarnos, en algún momento de 1952, que el Trío Los Panchos, a la sazón de visita en Bolivia, le había concedido una audición de prueba. Acudiría a ella, en el Sucre Palace Hotel, con una grabación de un bolero que había compuesto recientemente: Magalí.

Los mexicanos quedaron encantados con su voz y con su modo de cantar. Poco después mi madre y yo celebramos con alborozo la noticia de que Raúl había sido contratado como primera voz del ya famoso conjunto en reemplazo del portorriqueño Avilés. ¡El muchachito orureño salía a conquistar el mundo! Desde su debut en Chile hasta el fin de los 15 meses que cantó con Los Panchos –reconocidamente la época áurea del conjunto– la voz de Raúl recorrió en triunfo toda América, llenando de satisfacción y orgullo a sus compatriotas.

El tiempo de Los Peregrinos

Fundaría él luego en Chile –país en el que ganó en concursos de popularidad al propio Lucho Gatica– Los Peregrinos. Ya antes había hecho lo propio bajo el mismo nombre en Bolivia con su hermano Alex, mientras su hermano Víctor -mi compadre- se lucía asimismo como solista melódico en Santiago. Pese a que ambos conjuntos fueron exitosos, no duraron mucho tiempo y Raúl volvió a cantar como solista acompañado de grandes orquestas, especialmente en Brasil y Argentina. Su nombre continúo brillando en las marquesinas de los mejores establecimientos en muchos países y creció el número de sus admiradores.

Retorno triunfal a México

Habiendo yo pasado a residir fuera de Bolivia a partir de 1955, no supe mucho de Raúl por algún tiempo, pero un día en 1959 en que estaba con mi madre en México rumbo a Canadá me encontré con diarios y revistas poblados de titulares y fotos de él. Había llegado de Argentina precedido ahora por la fama de compositor de boleros.

Con mi primo y colega Hugo Alfonso Salmón y con mi amigo Hugo Peláez Rioja, mi madre y yo fuimos a aplaudirlo en el mejor club nocturno de la capital mexicana, el Astoria. Fue emocionante el reencuentro con el amigo, cuyas canciones románticas iban ahora de boca en boca por toda la patria americana. Sollozaba mi madre al recibir su saludo desde la plataforma. Y gozamos todos al atestiguar que su interpretación de sus propias obras melódicas de gran suceso entonces –Lágrimas de amor y Cuando tú me quieras– fue clamorosamente recibida por el público. Algunas damas se emocionaron tanto que lo aplaudieron subiéndose a sus sillas y agitando sus carteras acaso hasta el punto de enfadar a sus acompañantes.

Al regreso de Toronto, Raúl nos hospedó en su departamento, contiguo al de su compadre Alfredo Gil. Y pasamos gratos momentos con él, con su encantadora esposa argentina Lilia y con el hijo de ellos, Carlitos. Rememoramos con nostalgia a Oruro y celebramos en Raúl sus otras habilidades artísticas: pintura con técnicas propias y fotografía fuera de lo ordinario. A propósito, todos los hermanos de Raúl son dibujantes y, por lo menos, dos de ellos también fueron cantantes.

Con mariachis en Xochimilco

Retornamos a Costa Rica y no volvimos a saber de él por un tiempo hasta que, como a principios de 1961, estando otra vez en México pero sin su pista, de pronto mi madre se encontró con él por pura casualidad en la puerta de un mercado de barrio. Seguía en su momento de esplendor: contratos en los mejores clubes nocturnos, programas de televisión y hasta intervenciones en películas, nuevas distinciones.

Fuimos un domingo con él a los jardines de Xochimilco para dar el clásico paseo en barquitas semejantes a las de Venecia pero vestidas de flores y escoltadas por mariachis. Mi madre y yo nos sentimos muy felices al ver cómo, de súbito, nuestra barca fue rodeada por muchas de las demás, en las que iban mariachis que pidieron a Raúl que cantara con su acompañamiento. Disfrutamos así de un rato inolvidable de melodías y aplausos al célebre artista nuestro. Orgullosos y contentos volvimos a casa.

Canción de adiós a la madre

Pasamos a residir en Lima en 1961 y pronto nos encontramos allá con la madre de Raúl, doña Clotilde Boutier –nacida en Chile, de origen francés– que vivía entonces en la capital peruana con algunos de sus hijos. Ella moriría no mucho después y Raúl –aclamado también en Perú– vino de Buenos Aires a cantar ante su tumba tal como se lo había prometido. Yo no estaba en ese momento en Lima, pero mi madre me contó de la conmovedora despedida de Raúl a “Doña Cloty” en el cementerio. Desde entonces él llamaría “Mamá” a doña “Becha”.

Entre 1964 y 1969 residimos en Estados Unidos y esa distancia nos hizo perder el derrotero de Raúl. Pero allá nos hacían recuerdo de él no sólo sus boleros, sino las canciones de la patria compuestas por él y las hechas clásicas por él, como la polca Palmeras de otro gran artista orureño: Gilberto Rojas.

Grata sorpresa en Bogotá

En alguna noche de mediados de los años 70, ahora situados en Bogotá, mi madre y yo fuimos a cenar con unos amigos bolivianos a un restaurante con espectáculo. Grande y grata fue nuestra sorpresa cuando anunciaron en él a Raúl Shaw “Moreno”, el segundo apellido que le pusieran Los Panchos para que un cantor latino y “tropical” no sonara tanto a europeo.

Nuestra mesa quedaba muy cerca del escenario y así, al bajar de éste, Raúl divisó un rostro que se le hizo conocido. Al comprobar que estaba ante “Doña Becha”, se lanzó hacia ella exclamando: “¡Mamita!” y, en el segundo turno de la noche, la mencionó con cariño y le dedicó una canción que la puso a llorar. Le pedimos hospedarse en nuestra casa y así pudimos disfrutar por unos días de su compañía, marcada por el espíritu cálido y festivo y por el erratismo de la bohemia impenitente de la que era fiel militante.



Reencuentro con Los Panchos

Bolivianísimo en mentalidad, habla y nostalgia, Shaw es dado a contar chistes y a piropear a cuanta mujer tenga a la mano. Nos habló entonces de su reencuentro con Los Panchos, cuando éstos lo invitaran en 1970 públicamente a cantar otra vez con ellos en una gira por Europa y Asia que culminó con señalado éxito en Japón.

Y también nos dijo de su felicidad al ser invitado a celebrar con ellos en México los 25 años del conjunto cantando en el Palacio Nacional de Bellas Artes con acompañamiento de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Boceto de bolero

Uno de esos días bogotanos me sorprendió gratamente pidiéndome que pusiera letra a un bolero que venía componiendo. Lo hacía tarareando y silbando repetidamente, pues ni toca instrumentos ni lee partituras musicales. Encontré fascinante la experiencia que quedó grabada en una cinta magnetofónica que conservo.

Algunos meses después me escribiría para informarme que estaba inscribiendo aquella composición –que yo titulé Prodigio– a nombre de ambos en el registro de propiedad intelectual en México y que ella sería puesta en disco por una famosa cantante de aquel país. No supe si esto llegó a ocurrir o no, pero el solo empeño constituyó todo un placentero privilegio para mí.

A lo largo de los años 80 –cuando vivía yo en Colombia y luego en Ecuador– volví a encontrarme con Raúl en Buenos Aires dos o tres veces. En una de ellas conversé con él largamente con el ánimo de escribir un amplio ensayo conmemorativo de su ejemplar trayectoria artística. Hasta ahora me atribula el no haber desarrollado oportunamente los copiosos y apresurados apuntes que tomara entonces para tal fin. Siento que él merece que se registre en detalle su vida y obra en la memoria de las artes de nuestro país. Por eso aprecio de veras la oportunidad que me da la revista Miradas, de Página Siete, de dar por lo menos este breve y esquemático testimonio público desde una óptica personal y fraterna.

En Santa Cruz y en La Paz

Hace poco tiempo, al cabo de un largo periodo sin contacto con mi amigo, en el vestíbulo de un hotel cruceño alguien detrás de mí se puso a parodiar en mofa lo que yo decía a la recepcionista. Era Raúl, el mismo de siempre, el moreno cálido y juguetón, afortunadamente siempre un poco niño pese al volar de los años y al crecer de los kilos. Nos abrazamos de prisa y me contó que pronto iría a cantar en España, lo que me alegró mucho.

La última vez que Raúl Shaw Moreno estuvo en La Paz fue en agosto de 1992. Se le rindieron entonces algunos homenajes públicos aquí y en Oruro pero, lamentablemente, tal vez no del todo en la forma y en el grado que este gran cantor y autor merece. Sin embargo, fue grato para mí estar de nuevo con él -con su humor, sueños y añoranzas- y presentarle a mi esposa, Nora Olaya, de Colombia, en una alegre cena en nuestra casa compartida por todos sus hermanos.

En aquella ocasión Shaw dijo esto en público: “A veces diferentes circunstancias pretenden alejarnos de la tierra, pero uno la lleva en las entrañas, en el corazón y en la mente. Oruro y nuestras montañas, Bolivia y nuestro paisaje, guardan celosamente los rostros que recuerdo para siempre ' ”.

Que no se nos olvide

Bolivia ha dado al mundo uno de los grandes artistas de la imperecedera canción romántica. Y ese artista -el orureño Raúl Shaw Boutier - ha dado a Bolivia lustre y renombre en todo el mundo.



(*) Luis Ramiro Beltrán Salmón, periodista orureño, es premio McLuhan de Comunicación.

Nos habló entonces de su reencuentro con Los Panchos, cuando éstos lo invitaran en 1970 públicamente a cantar otra vez con ellos en una gira por Europa y Asia que culminó con señalado éxito en Japón.


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